metroid opera espacial fan

Lee en exclusiva el primer capítulo de METROID, el proyecto fan made in Spain que narra los orígenes de Samus Aran

Ayer informábamos del proyecto con el que un fan español quería indagar en el lore de la saga Metroid. A continuación, podrás leer el primer capítulo de METROID, la ópera espacial que pretende contar la historia de la Federación Galáctica como nunca antes la habíamos visto, cedido en exclusiva a NextN por su autor, Jesús José Camacho Lucas-Torres. Antes de empezar, conviene que sepáis que las páginas que os disponéis a leer deben considerarse un ejercicio creativo en clave de novela motivado por ningún otro interés que la pasión y la creación en sí. El material se basa en la saga de videojuegos Metroid, cuyos derechos pertenecen a Nintendo. Para su confección se han tenido en cuenta recursos tanto de los juegos como de otras obras de arte canónicas y no canónicas.

 

Disfrutad de la lectura.

 

AVISO +18

Esta lectura contiene lenguaje explícito y escenas que podrían herir su sensibilidad

 

Volarse la cabeza. Acabar con todo por un solo disparo irresponsable. Qué tentación. Su lanza de madera de cyrlic apoyada en el suelo, y acariciándole el cuello, la hoja pulida de un cristal de luz, una tecnología luminaria que no pudieron convertir en la excelente arma que era ahora a tiempo para ayudar a sus aliados.

No podía hacerle eso a su raza, claro, una vida no era para malgastarla, menos aún la suya, una de las importantes a pesar de que intentaron enseñarle que no había vida más importante que otra, pero el frío, la soledad, el aislamiento, la incertidumbre, el miedo… ninguno diría nada aunque todos pensasen que la muerte era una alternativa atractiva frente a la perspectiva de otra noche al raso, despiertos, atentos a peligros que no sabrían cómo afrontar más allá de una huida cobarde (con la que el pueblo sería más o menos comprensivo) o el ataque simple y azaroso (y la inútil destrucción que implicaba).

Eran exploradores. Eran guerreros. Estaban cansados, pero eran los mejores y solo lo mejor podía esperarse de ellos. En medio de aquella crisis, decepcionar a los suyos sería decepcionarse a sí mismos. No perderían a nadie más estando él al mando, haría cundir la cordura en la vigilia. El cansancio es un pequeño precio a pagar si la recompensa por su esfuerzo es la gloria de una civilización.

La Gloria.

Es una ambición que arraiga hondo en el corazón de un chozo. Forma parte de ellos, un concepto que les inculcaban desde el principio, prácticamente una secuencia más de su código genético. Su cultura es una cultura gloriosa. Glorioso su pueblo y glorioso su conocimiento. Gloriosos sus dioses muertos. Tan grande su gloria, y tan pequeños ellos. Poco importaba cuánto crecieran. Cuánto supieran. Estaban solos, indefensos, y eran insignificantes.

¿Y la Gloria? La Gloria solo es una, es ella para sí misma. Es implacable. El Universo es glorioso, el Universo es la Gloria, la única Gloria por más gloria que cualquier vida se atribuya, y ante el Universo, los grandes chozo no eran nada. El tiempo se había encargado de demostrárselo.

Por eso enviaron a Ou’k.

Ou’k, reconocido como uno de los mejores combatientes de su raza. Ou’k, de ascendencia elysiana, hijo de científicos e investigadores. Ou’k, uno de los más jóvenes exploradores, quizá uno de los últimos. Ou’k, nada más que un chozo perdido abriéndose paso entre las minúsculas esquirlas de roca centelleante que se desprendían de los gigantescos apéndices espinosos de los acantilados, luchando por la gloria de los suyos sabiendo que la gloria nunca les pertenecería a ellos más que a esa simple tierra que querían conquistar. Ou’k, cansado. Muy cansado.

La garganta había sido la única ruta que encontraron para avanzar, y según penetraron en ella el camino se volvió casi impracticable. Ninguna nave podría asistirlos si sufrían un accidente allí, solo se tenían a ellos mismos, y a sus trajes. Por suerte confiaba en ambas cosas.

El cielo, ligeramente verdoso antes de la puesta de su estrella, no cambiaría de color como no había cambiado los días anteriores. Ellos no habían caminado lo suficiente, ni esperaban hacerlo debido a sus labores de reconocimiento. Seguros, sin prisa. El atardecer no llegaría nunca. Allí, entre las dagas, entre los dientes, lo único que alcanzaban a ver eran sombras amenazantes apenas esbozadas en la penumbra constante, pero en la colonia, no muchos cientos de kilómetros al este de donde se encontraban, el cielo amarilleaba tornándose más claro. Era por culpa de su posición que la luz diese al espacio un aspecto tan enfermizo. Un atardecer eterno podría ser el pináculo de la belleza para vanidad de la Gloria, pero el sol era incapaz de vencer el manto de nubes densas que amenazaban con derramarse, las mismas nubes que los habían acompañado desde su partida sin precipitarse una sola vez. Según sus informes, si hubiera de llover, llovería agua, así que no haber conocido aún la lluvia de ese planeta no era algo que les incomodara más que estar aislados y depender enteramente de cuatro chozo tan desubicados como el resto.

Explorar era exigente, pero era asombroso. Podían considerarse privilegiados.

— De’la.- dijo Ou’k, elevando la voz para sacar a sus compañeros del trance. Ella se detuvo para escucharlo.- Estoy harto de esto. ¿Crees que puedes subir y ver cuánto nos queda?

Se giró para mirarlo con unos profundos ojos oscuros, e imperceptiblemente inclinó la cabeza, asintiendo. Desplegó las alas y se elevó sorteando con facilidad el filo de las formaciones rocosas. Sus plumas marrones, bellísimas, refulgían en la mortecina luz.

Apenas debía quedar un centenar de chozos alados. De’la era una de ellos, la última y más joven, y probablemente la más necesaria. Hacía eones, por la Historia que conocían antes del éxodo, todos los chozo nacían con alas hábiles y poderosas. La migración a Zebes, ocurrida tanto tiempo atrás que las crónicas se convirtieron en recuerdo, el recuerdo en mito, y el mito en simples habladurías de origen incierto y dudosa verosimilitud de las que el pueblo empezaba a desconfiar, en caso de que les preocupase siquiera, trajo consigo tierras llanas y recursos subterráneos donde las alas, de pronto, no volvieron a hacer falta. Más aún, se convirtieron en un estorbo. La superficie del planeta, el segundo en órbita alrededor del sol del Sistema Ooromine, era rocosa y árida, con vegetación escasa y aún más escasa fauna debido a las precipitaciones ácidas y a las devastadoras tormentas que se desataban en su atmósfera, con fuertes vientos que arrastraban arena y polvo. Sin embargo, bajo la superficie había agua, maravillosos océanos enteros, agua potable que corría mediante grutas por casi todo el planeta e irrigaba vastas extensiones de terreno, insuflando vida a cavernas que albergaban una preciosa biodiversidad. El descubrimiento de todas esas especies fue algo milagroso, no podían pasarlo por alto. El agua también los mantendría vivos a ellos. Se quedaron, y su nuevo entorno preparó sus alas para la desaparición. Fueron naciendo chozos con alas subdesarrolladas y asimétricas, y al no poder ejercitarlas en su nuevo hábitat, acabaron atrofiándoseles. La amputación fue, durante siglos, el final del camino, hasta que los apéndices vestigiales en los que se habían convertido dejaron de ser un problema.

Ya asentados, los astrónomos continuaron la labor que comenzaron en su primer hogar, y escudriñaron el cosmos dotando a Zebes de la tecnología que tanto les enorgullecía. Construyeron telescopios y laboratorios. Adornaron las noches zebesianas con satélites que danzaban en su nueva órbita. Enviaron sondas y emprendieron misiones en los planetas que sus nuevos proyectos descubrían. La vida no es fácil, y a menudo lo único que encontraban era la nada, pero hasta la nada era documentable, la nada más que nada era digna de estudio, digna de perpetuación y supervivencia. Transcribieron sus decepciones, el conocimiento por el conocimiento, hasta que llegó la hora de los grandes logros.

El primero fue constatar la habitabilidad de Tallon IV. También descubrieron SR388, el lugar que ahora exploraban y que ya habían empezado a conquistar, después de décadas de investigaciones infructuosas que no tuvieron fruto hasta la puesta en marcha del observatorio en Elysia.

 

 

Elysia era un gigante gaseoso con una situación privilegiada en el margen del Universo explorado por los chozo, en un sistema solar virgen habitado por una sola raza inteligente que actualmente estaba bajo el control de la Federación Galáctica. Sin una superficie sobre la que asentarse, el planeta casi se desestima como localización de una colonia, a pesar de los datos que sugerían que un buen porcentaje de su atmósfera eran gases de gel fuel, un líquido de gran valor como combustible. El arquitecto Ou-Qua diseñó los planos de una protociudad flotante que surcaría los cielos de Elysia aprovechando para su propulsión el gel fuel atmosférico, y lo hizo de forma que pudieran anexársele nuevas construcciones o desprendérsele las antiguas para modificar la base en función de los trabajos que esperaban poner en marcha. Los Ancianos aprobaron su proyecto, y junto a él, noventa y nueve chozos más partieron para crear Skylab. En total, cien pioneros de las decenas de miles que poblarían y darían su vida por la Ciencia en los años dorados de la gran ciudad.

Los primeros elysianos solían heredar las alas vestigiales de Zebes. Mostraban escápulas espinosas y húmeros delgados y frágiles sobre los que crecía un patrón irregular de plumas coberteras. El hueso ulnar a menudo no estaba presente, dejando los metacarpos inservibles articulados solo al radio, lo que limitaba los movimientos e impedía que las remeras se extendiesen, creciendo a menudo hacia el interior y, en la mayoría de los casos en los que esto ocurría, enquistándose. Los quistes alares eran una gran molestia, sobre todo para los chozo jóvenes que empezaban a desarrollar sus plumas y solían manipularlas para aliviar el dolor o el picor. Las infecciones eran comunes, y en el peor de los escenarios, se extendían causando una septicemia que podía acabar con ellos. Los médicos de la nueva colonia científica no tardaron en llamar la atención sobre el hecho de que, en sus nuevas circunstancias, un chozo alado podría ejercitar sus alas y vivir sin que éstas entorpecieran las labores de su cotidianeidad, pero el desarrollo de Skylab en pos de la autosuficiencia consumía demasiados recursos y emprender un proyecto tan ambicioso como la recuperación de un rasgo seleccionado a lo largo de milenios era, sencillamente, inviable. Las amputaciones se convirtieron, de esta forma, en un procedimiento rutinario que solía llevarse a cabo antes de la madurez. Cuando las terapias conservadoras comenzaron a investigarse, el retroceso era tan brutal que no requeriría solo de un par de cirugías y fisioterapia, sino de un análisis retrospectivo para identificar los genes que codificaban el desarrollo alar y seleccionarlos artificialmente. El tratamiento in-ovo solo se aplicaba a parejas gestantes voluntarias, pero ¿quién iba a evitar la colaboración si aquel estudio no era más que por el futuro de su especie?

El auge de Skylab culminó con el éxito del proyecto. Nacieron chozo con alas sanas, las desarrollaron y sobrevivieron durante generaciones, pero al igual que la ciudad flotante amenazaba con sucumbir a sus propias exigencias, los chozo de Elysia cavaron en la Ciencia su propia tumba.

En la ciudad no había una buena infraestructura agrícola más allá de algunos cultivos hidropónicos, no podía haberla, y aparte del carburante, cuyo sistema de obtención daba cada vez más síntomas de agotamiento, y el agua, que obtenían del barrido atmosférico con el consiguiente gasto de personal y recursos, el resto de bienes de consumo debían ser importados. Los problemas de abastecimiento fueron el primer aviso. Algunos chozo comenzaron a caer enfermos. Pronto, familias enteras volvieron a Zebes. A pesar de la insistencia de los astrónomos en la necesidad de su bastión para el progreso, antes de comprometer al resto de colonias y sabiendo que aquella era la menos productiva, su gobierno decidió dejar el observatorio en mano de los robots elysianos, que seguirían trabajando de forma autónoma y para los que el escaso gel fuel que se seguía explotando era más que suficiente. Los robots recopilarían los datos que recogiese el instrumental de la base, de modo que los científicos que quisieran continuar sus investigaciones (y todos querrían porque se lo debían a su especie) recibirían actualizaciones constantes de las nuevas lecturas del planeta en los laboratorios de Zebes. La mayor parte de la ciudad regresó, mientras que otros decidieron unirse a los pioneros de Tallon que, tras unos años viviendo allí, renegaron de la tecnología y se entregaron a la comunión con la naturaleza y a la adoración de la sabiduría.

Hasta donde se sabe, de los últimos chozo que abandonaron Elysia, menos de mil tenían alas funcionales en el momento de su partida. El mestizaje entre las razas de ambos planetas, cada vez más diferenciadas, rara vez llegaba a término. La fertilidad empezó a ser un problema, y los hijos nacidos de estas uniones, que fueron bastante comunes, a menudo eran estériles.

Por eso la noticia del nacimiento de De’la, tanto tiempo después, con una estructura alar perfectamente sana, se propagó por casi todos los asentamientos de la galaxia y se celebró con regocijo, pues había arrojado luz y había traído esperanza a los oscuros presagios sobre la diversidad, la longevidad, y la supervivencia de su ahora mermada especie.

La nombraron en honor de una antigua investigadora venerada por su erudición y la divulgación que de ella hizo, y quisieron que siguiese la misma senda, pues el conocimiento era el mayor orgullo de los suyos, y las alas, un bien demasiado preciado para arriesgarlo en los peligros de un planeta desconocido. Fue ella misma quien decidió recibir formación como soldado, y más adelante como exploradora, para poner sus alas al servicio de su civilización. Para que llegasen más lejos. Para que descubriesen más mundos. Por la Gloria. Muchos quisieron oponerse, pero nadie pudo hacerlo. La libertad, el respeto y la armonía eran pilares tan esenciales en su educación como la gloria, y primaron sobre el valor de sus genes.

— Eh.- De’la se apoyó en el extremo del acantilado, sus poderosas garras ancladas al borde. Parecía de buen humor.- La garganta se terminará pronto. A la salida hay un buen claro, varios kilómetros de llanura hasta lo que creo que es un precipicio.

— ¿Algún indicio de vida?- preguntó Ou’k.

— Veo irregularidades de gran tamaño, posiblemente vegetales. Todavía estoy lejos para confirmarlo, y el análisis térmico no arroja resultados.

— ¿Algún rastro de Ánima Alta?

— No.

Mala cosa.

— ¿Crees que podrás llamar a la nave desde el claro?

— Sin problema, hay espacio de sobra.

— De acuerdo, adelántate y hazlo. No te pongas en peligro; ante cualquier amenaza, regresa.

Partieron de la colonia once días atrás. No habían visto nada parecido a un animal desde entonces, e incluso allí, desde el comienzo de las obras solo habían identificado una veintena de especies. Tampoco encontraron mucha vegetación (el agua, como en Zebes, parecía fluir bajo la superficie), pero sí muescas y perforaciones que sugerían la presencia de alguna especie de gusano de gran tamaño. Los entomólogos de la colonia los llamaban animworms.

Ánima Alta desapareció el octavo día. Era el quinto miembro de su escuadra, junto con Kylah, un refugiado talloniano de gran sensibilidad, y Uno Blanco, un chozo de Zebes que acusaba otro de los rasgos característicos de la evolución en el planeta: su menor estatura. No hizo ningún ruido. No dejó ningún rastro. De’la se turnó las guardias de aquel día con Uno Blanco: nada. Ninguno vio nada, ninguno escuchó nada. Ánima Alta se había tumbado a descansar, y cuando despertaron, no estaba. El lugar que ocupó en el suelo estaba húmedo. Sudor, quizá, pesadillas del pasado y el futuro. Una mala noche, pero no. El líquido olía a él. Había restos proteicos que enviaron a la colonia para su análisis y aguardaron instrucciones a sabiendas de que el plan a seguir sería buscar a Ánima Alta o darlo por perdido, pero desde entonces no habían recibido respuesta.

Siguieron caminando. ¿Qué más podían hacer?

— Ou’k.

Se trataba de Kylah. Se acercaba a él de lado para escurrirse entre las piedras, sujetando la lanza despreocupadamente tras el cuello con los brazos extendidos y las manos cayendo hacia delante.

— Sí.

— Acamparemos al salir de aquí.- hablaba en voz baja, cauto, pero firme.

— Sí. ¿Estás cansado?

— Todos lo estamos.

— Sí.

— Pero tú no estás bien.

— Ninguno lo estamos.

— No es solo el cansancio. Piensas en morir.

El sonido de su nave les hizo levantar la mirada, fue la distracción que necesitaba para meditar su respuesta. Los propulsores funcionaban a media potencia. No la perdieron de vista a pesar de las rocas, y pudieron ver cómo descendía. El final debía estar cerca.

— ¿Acaso tú no lo has hecho desde que desapareció Ánima Alta?

— No como tú. Yo temo a la muerte, a ti parece que te atrae. Quieres disparar la lanza en tu cabeza.

— Kylah, no puedes fiarte de tus percepciones, ya lo sabes. Estás equivocado.

Detestaba ese rasgo de los tallonianos.

— Y tú mientes. Sabes que puedes confiar en mí, somos un equipo. Estoy aquí por eso.

Lo habría dado todo por ser sincero. Parar, buscar refugio en el pecho de su compañero, y quejarse. Al fin y al cabo, él ya sabía cómo se sentía. Habría estado bien poder decirlo. Pero un líder no debe quejarse, debe buscar soluciones. A todos les preocupaba la desaparición de Ánima Alta, y en un lugar como aquel, no podría haber ido muy lejos él solo. Si seguían explorando, acabarían dando con él. Vivo o muerto, pero lo encontrarían.

— No podemos seguir buscándolo, Ou’k.

— ¿Cómo dices?

— La comunicación con la colonia es casi instantánea, y todavía no sabemos si recibieron las muestras. No es normal. La desaparición de Ánima Alta no es normal. No haber visto animales en un planeta con tanta vida no es normal. Nada de lo que está pasando es normal.- era evidente el esfuerzo que hacía para mantenerse sereno.

— Hablas con mucha ligereza de la normalidad para el historial que tienes. Has viajado más que yo.

— Ou’k, estamos en peligro.

— Basta, Kylah. No puedes usar así tus capacidades, y mucho menos puedes poner en duda mis decisiones por una intuición.

— Sabes que sé que pensabas en volarte la cabeza, Ou’k.

— También sabes que jamás lo haría, por más que lo piense.

— Porque no te lo han ordenado.

Paró en seco, y obligó a Kylah a detenerse. Lo miró a los ojos. La garganta llegaba a su fin. Uno Blanco se les acercó en silencio, confuso pero dispuesto a interceder. Las desavenencias no eran lo común en sus filas.

— Exacto. Si me ordenasen pegarme un tiro, lo haría, ¡y tú también tendrías que hacerlo! No dictamos órdenes a la ligera, Kylah, y yo nunca os ordenaré nada que no esté dispuesto a cumplir. ¡Esto es por los nuestros, maldita sea! Ya has visto lo que ha pasado en Tallon, se nos acaban las opciones. Si tenemos que morir luchando para colonizar SR388, será…

Un grito. Rasgó el aire, los paralizó durante un instante. Se miraron mientras el eco se disolvía en las paredes del acantilado.

— De’la.

Uno Blanco se adelantó. Cargó su lanza y barrió con ella las espinas. Las rocas saltaron por los aires. Kylah y Ou’k avanzaron tras él, con los ojos entornados para ver a través del polvo. Una sombra surcó el cielo, elevándose a toda velocidad. Gritaba. Era De’la. Tras ella avanzaban tres masas informes, pequeñas, translúcidas, que parecían vibrar. La lanza de De’la resplandecía en el firmamento. Ou’k se tomó unos instantes, tomó aire, apuntó. Era imposible, estaban demasiado alto. Siguió corriendo. De’la se llevó las manos a la cabeza y profirió un alarido desgarrador. Daba patadas al aire, sacudiendo las piernas para librarse de ellos. Uno Blanco se detuvo, en guardia. Kylah, a su lado.

Habían salido al exterior. Su nave había aterrizado. En el claro, bajo la sombra de un árbol muerto, había un cuerpo inmóvil vestido con la misma armadura que portaban ellos.

— ¡Ánima Alta!- Uno Blanco echó a correr hacia él.

— ¡Detente!- ordenó Ou’k.

La lanza de De’la cayó al suelo frente a él. Kylah apuntó al cielo y disparó. No hizo diana, aquellas criaturas apenas eran visibles.

— ¡Kylah, sube a la nave y ayuda a De’la! ¡Uno Blanco, cúbrelo!

Ou’k sacó la pistola y preparó la lanza, apuntando a su compañero desaparecido. Se acercó despacio. No llevaba casco y la armadura parecía oxidada. Apoyó la lanza en el suelo sin guardar la pistola, y se arrodilló junto a él. Lo cogió por el brazo para darle la vuelta. Era él, sin duda. Los ojos blancos, el pico abierto. Muerto.

Elevó la mirada al cielo justo cuando una de las masas estallaba por un disparo de Uno Blanco. De’la caía en picado.

— ¡No lo toques!- advirtió; voz ronca, quejido gutural.

 

 

Más dolor, en la nave. Horror, chozos sufriendo allá donde miraba. Kylah en el suelo, había caído desde la puerta, una de esas cosas pegada a su cabeza, asfixiándolo, y sus gritos atravesándola como si nada mientras se arañaba la cara desesperado por arrancárselo, y sus manos se irritaban al contacto con el residuo que desprendía esa masa mucilaginosa. Lo asaltó uno más y se fundió con la carne de su abdomen, perforando el traje, y la sangre manaba de la palma de sus manos, que se ampollaba y ardía, como ardía la suya.

Se levanta, empujando el cadáver de Ánima Alta lejos de sí. Sus manos están cubiertas de una sustancia viscosa, ácida, amarillenta. Podría haber visto el citoplasma tiñéndose de rojo al brotar la sangre, su piel y sus plumas deshechas, la carne de sus dedos separándose del hueso, pero sus ojos estaban cerrados, vasallos de la agonía. Grazna, golpea el suelo para librarse de lo que fuese que ascendía por sus antebrazos, que fluía desde el cadáver de Ánima Alta. El dolor es insoportable.

De’la intenta aterrizar, pero su ala izquierda ha desaparecido casi por completo. Sus huesos, al descubierto, gotean. Cae, su cuerpo cruje. Uno Blanco corre hacia Kylah, quiere ayudarlo. Meterlo en la nave, huir, salvarse, pero Kylah ha cogido su pistola, y los rayos vuelan porque le tiemblan las manos, hasta que es capaz de apuntar a su cabeza, de aprisionar ese organismo contra el extremo del cañón, y ha disparado. Más depredadores se abalanzan sobre los restos de su cerebro, otros se recrean deshaciendo su intestino, a la vista a través de la masa que ha engullido la armadura. El suelo se bebe la sangre con avidez.

— ¡Uno Blanco!

Ou’k intenta localizarlo, está demasiado lejos de la nave. Busca su pistola y la encuentra sobre Ánima Alta, allí donde lo había tocado. El metal burbujea. El cuerpo de su compañero está desapareciendo, primero sus músculos, luego su esqueleto, se derrite, se desintegra, y el líquido, vivo, se eleva y repta hacia él, buscándolo, consciente. Hace amago de coger su lanza, pero antes de poder moverse un rayo le siega el brazo derecho. Ha sido certero y pulcro, a la altura del codo. El dolor lo postra en el suelo.

— ¡Levanta el otro!

Es De’la. Está apuntándole.

— ¿Qué haces?

Ya no es ella. La mitad de su cara está quemada (el ojo gris, ciego), sus piernas lo están por completo y la criatura asciende por ellas, corroyendo su armadura, devorándola. Ya ha perdido las garras.

— ¡El otro, vamos!

Observa su miembro amputado y ve cómo el ácido lo cubre y lo digiere. Luego, mira lo que queda de su brazo. Limpio. Es la mejor opción. Levanta el brazo izquierdo, separándolo de sí todo lo que es capaz, y un nuevo disparo acaba con él al instante. Se le nubla la vista.

— ¡Ve a la nave! ¡Yo te cubro!

Intenta levantarse, pero se tambalea y solo da un par de pasos antes de caer. Se da la vuelta, y al incorporarse vuelve a caer, sobre las rodillas. Volarse la cabeza. Acabar con todo. Necio. Aproxima una rodilla al pecho, el pico clavado contra la roca. Un esfuerzo. Levanta la frente, enfoca la nave. Kylah ha desaparecido por completo, solo hay un charco bajo la puerta, donde cayó. Ánima Alta tampoco está, pero una enorme criatura se eleva allá donde se había descompuesto su cadáver.

Algo lo agarra desde atrás. Tira de él y lo levanta. Es Uno Blanco. Lo sujeta por la espalda y corre cargando con sus traspiés. Su cañón echa humo, los organismos se ciernen sobre ellos. Recarga su rayo y dispara, acabando con dos criaturas que estallan en diminutas gotas. No es nada, esa cosa está por todas partes.

Consiguen pegarse a las piernas de Uno Blanco. Un jadeo, un rugido que queda preso en su cuello, es la única muestra de su dolor. Antes de desplomarse, le empuja. No ha dejado de disparar. Ou’k vuelve a rodar sobre el suelo, inválido e inútil. Siente el peso de una rabia que jamás había sentido antes, una impotencia que lo empujaba a un ataque suicida.

— ¡Levanta, jefe! ¡Tienes que volver a la nave!

Lo están rodeando, y Ou’k ha perdido todas las armas. No puede ayudarlo. Los disparos de De’la y Uno Blanco precipitan los restos del depredador sobre su cuerpo, y allí donde caen, perforan su carne y la disuelven, pero él sigue sin gritar. Solo frunce los ojos, y sigue disparando.

— ¡Corre!- es un ruego. Una oración.- ¡Corre!

Consigue asirse con el pico a la puerta de la nave. Se impulsa con un salto, sus piernas cuelgan por fuera. Apoya los muñones, uno en el suelo, otro en uno de los asientos, la pierna izquierda en el marco de la puerta, y entra con un empujón que abre sus heridas e invita a la sangre a correr. Con una garra pulsa el botón que cierra la puerta, y las criaturas rodean la nave y se lanzan sobre ella, dispuestos a acabar con lo que sea por conseguir la última presa.

— ¡Ordenador, despegue!

Uno Blanco está en el suelo, hirviendo. De De’la ya no hay rastro, solo un grupo de esos organismos destellando en la penumbra con el color de la carne cruda.

— Emprender viaje, dirección colonia en SR388. Comunícame con el mando en Zebes.

Sigue tirado cuando pierde de vista la superficie del planeta. La aceleración lo empuja contra el compartimento de carga. Las criaturas que asaltaron la nave se escurren sobre la carrocería, y según se desplazan van dejando su marca, ácida.

Ou’k intenta, por última vez, levantarse, para sentarse en la cabina y asumir el control, pero el dolor de sus muñones lo fustiga, atraviesa sus brazos por el interior, atacando a su médula espinal, a su entendimiento, y enturbia su mente, y la cabeza va a estallarle, y aprieta la mandíbula, y se permite desmayarse, porque ya ha hecho todo lo que podía hacer por la gloria de su civilización y no había conseguido nada. Se hunde en la oscuridad de la inconsciencia. Había fallado.

 

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