¿Jugaste a Super Mario 64? No el remake de Nintendo DS, sino el antiguo. Si es así, entonces sabrás sobradamente que la primera estrella (siguiendo las indicaciones del juego) se consigue tras enfrentarse y derrotar (y también derrocar) al Gran Bob-omb en lo alto de la montaña en el Campo de los Bob-omb. Una figura negra, redonda y con un característico brillo que sugiere estar hecha de metal, como las demás bolas de cañón que rodea las faldas de la singular orografía del mapa, pero éste es distinto. De esta bola emergen (como la tecnología de la época buenamente podía permitirse) sendos pares de brazos, piernas y ojos; y una corona y un frondoso bigote que más de uno quisiera para sí, ambos símbolos de poder, junto a la capacidad de hablar. Los pequeños Bob-omb que pueblan gran parte de los escenarios del juego, en cambio, solo pueden permitirse tener dos patitas, ojos y una humilde mecha hexagonal para la época, en lugar de corona.
Pues bien, una vez nuestro fontanero favorito le da matarile, aparentemente desaparece dejando una estrella como premio al jugador, ¿verdad? Pues aparentemente no. En las demás estrellas del mundo, nuestro Gran Bob-omb aparece de nuevo como una tercera bola negra totalmente común (sin rasgo distintivo alguno), en la fosa situada al comienzo de la ladera de la montaña, condenada a rodar y rodar por los restos de su existencia. Para más inri, uno de los Bob-ombs rojos (los amistosos) se refieren a él como que «Ahora el Gran Bob-omb no es más que un gran inútil«. Es normal que cambie ligeramente el escenario de una estrella a otra pero, ¿y este cambio tan sutil?
Aunque algunos de nosotros pudimos observarlo en edades más tiernas, uno de los aspectos más curiosos de todo esto es que no ocurre en el remake de DS, en el que incluso después de que Mario se enfrente al Gran Bob-omb, siempre aparecen dos bolas negras rodando dentro del foso. ¿Qué quería decir Nintendo con esto? ¿Se trata de una corrección de la posible crueldad que pudiera intuirse en la anterior consola o un simple despiste? Posiblemente nunca lo sepamos…





