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Mi primera experiencia con la trilogía original de Doom… 26 años después del nacimiento de la saga

Ahora que se acerca el frío del invierno, un poco de infierno tampoco viene mal

Saludos, lector. Soy Juanjo0103, redactor de NextN, y hoy vas a acompañarme en mi primera experiencia con la saga de Doom aprovechando el lanzamiento de su trilogía original para Nintendo Switch. Sí, sé que para cualquier jugador que se precie Doom es un título que, antes o después, debió haber jugado, pero al igual que ocurre con otros muchos títulos a lo largo de mi vida, este es uno de esos a los que nunca tuve la oportunidad de enfrentarme. En su lanzamiento, por ser demasiado pequeño (tengo 27 años al fin y al cabo, uno más que el primer Doom); cuando ya entré en el mundo de los videojuegos con mi Game Boy Color, por no conocerlo ni tener mi primera consola de sobremesa hasta los 12 años; tiempo después, por darme miedo (en el caso de Doom 3) y no ser tampoco un gran aficionado a los shooter en general (que eso no quita que haya disfrutado con muchos otros juegos del género). Pero ha llegado el día en el que todo eso cambie y desafíe a una saga que, a esperas del lanzamiento de Doom Eternal, -el cual tendremos que esperar algo más debido al retraso sufrido-, es parte de la historia viva de los videojuegos.

 

¿Pero dónde empieza todo? Para conocerlo debemos remontarnos a 1993, año en el que id Software, compañía estadounidense fundada por John Carmack, John Romero, Tom Hall y Adrian Carmack en 1991, lanzaban el primer juego de Doom, el cual revolucionaría el mundo de los videojuegos por varios motivos, entre los que se incluye la creación de un nuevo motor gráfico, un entorno 3D que incluía, además, distintas alturas en los niveles, o las posibilidades de poder jugar en red con otros jugadores. Tal fue el éxito del juego que solo un año después sería lanzado Doom II, para acabar con la trilogía original 10 años después con la llegada de Doom 3 a consolas y PC. Y ahora, 26 años después, con Doom en prácticamente todos los dispositivos jugables existentes, con todos los fundadores originales de id Software fuera del estudio, y siendo ahora parte de Bethesda, podemos disfrutar de los tres títulos en Nintendo Switch. Y es por eso que, también, es el momento de que yo me inicie en la saga y relate mi experiencia con ella por primera vez. ¿Me acompañas al infierno?

 

 

Doom (1993) – El inicio de una saga… demoníaca

Inicio el título. Lo primero que observo nada más llegar al menú principal es un detalle que ni siquiera pertenece al juego original, y a pesar de ser opcional, ya resulta molesto hasta para cerrarlo (en caso de no querer acceder). Sí, hablamos del requerimiento de iniciar nuestra cuenta en el servidor de Bethesda. En mi caso es un paso que me he saltado porque honestamente, ni siquiera recuerdo si tengo cuenta hecha con el servicio, a pesar de haber jugado varios títulos de la compañía, además de que realmente aporta poco el hacerlo. Le doy a «Un jugador» y comienzo la partida. Me aparecen cuatro episodios, por lo que, como soy una persona ordenada, presiono en el primero de todos, llamado Knee-Deep in the Dead. Ahora me toca escoger dificultad, dividido entre 5 posibles (selecciono la tercera, que supongo que será la normal). COMENZAMOS. Los sonidos de una guitarra eléctrica, una pistola y un par de cadáveres pixelados son el primer contacto en mi vida con la saga… Y seré honesto, no pinta nada mal. Comienzo a coger armadura, balas y botes de salud, y aparecen mis primeros enemigos, un par de soldados con pinta de llevar varias semanas sin dormir mucho. No tiene apuntado ni movimiento de cámara vertical, pero me sorprende la solución dada para ello. Siempre que el arma esté apuntando en una línea medianamente directa a la dirección del enemigo le golpearemos. Y sí, no es difícil de acertar si cumplo con esto, pero pronto me doy cuenta de que también se falla si no soy relativamente preciso. También me llama la atención el detalle tan bien conseguido del que hablaba en el párrafo anterior a este sobre la altura, y es que no tardo en encontrarme enemigos que están por encima de mí o por debajo, y que, a pesar de la falta de dicho apuntado, consigo matarlos de manera magistral (gracias al juego, no a mi habilidad, todo sea dicho).

 

 

Me muevo y voy abriendo distintas salas, sin conocer objetivos ni forma de salir, así que me dedico a matar a todo lo que me aparece por el camino y a recoger todos los objetos. En un momento dado, descubro una puerta con la palabra «Exit», por lo que al menos ya sé qué debo buscar para superar los niveles. Paso por ella y me aparecen mis estadísticas: tiempo, porcentaje de bajas, secretos u objetos, entre otras. Paso a la siguiente fase, señalado en un mapa que marca las instalaciones que ya he ido «liberando». En esta fase ya no solo me vale con encontrar la puerta de Exit, sino que necesito una llave para abrirla, así que busco hasta encontrarla y seguir adelante. Según pasan los niveles, cada vez hay más enemigos y el mapa se amplía en aún más pasillos, escaleras y habitaciones secretas. Para situarme, por suerte, tengo un mapa. Eso sí, el mapa es bastante arcaico para la actualidad, pero increíble para la época a la que pertenece el título. Es básico y sencillo, pero cumple su acometida de mostrarme aquellos pasillos por los que ya he pasado y situarme. Porque sí, es un juego en el que me he perdido en varias ocasiones hasta dar con la salida.

 

Tras superar varios niveles, llego a uno final en la que me enfrento con un enemigo realmente poderoso, un demonio gigante al que, tras muchas balas y carreras, acabo matando, no sin haber sufrido de lo lindo e, incluso, habiéndolo tenido que intentar en varias ocasiones. Espera, ¿y esto? Me aparecen los créditos, pero el juego no ha acabado. Aún me quedan otras tres fases (recordad que ya os dije que seleccioné la primera), así que comienzo la segunda y vuelvo para seguir destrozando demonios.

 

Doom

 

Mi primera experiencia y horas con Doom no pueden ser más positivas. A pesar de los años a sus espaldas, me resulta un juego muy entretenido y que, probablemente, por todo su conjunto, me engancha de una manera un tanto curiosa. Quizás sea la música rockera; quizás sea la cantidad de demonios y enemigos a los que puedo volarles la cabeza, pero es un título que me ha sorprendido para bien. Sus gráficos, coloridos, variedad de enemigos y armas, además de todo lo descrito con anterioridad, también ayudan a entender el por qué este juego fue la revolución que resultó en su día. Pero no nos adelantemos, que aún nos quedan dos infiernos a los que visitar…

 

Doom II – El infierno arde más fuerte que nunca

Inicio el segundo título de la saga, lanzado solo un año después que el original, y que incluía varias mejoras de jugabilidad, así como una historia nueva (la cual tampoco es que de muchos detalles, pero oye, ahí está). Los mismos pasos iniciales que con Doom, pero aquí ya con mayor soltura gracias a mi experiencia anterior. Eso sí, ahora ya no tengo 4 capítulos, sino dos, así que inicio Hell on Earth (el mero título ya me da una pequeña pista sobre qué ha ocurrido tras los hechos acontecidos en Marte y Doom). Selecciono la dificultad (mantengo la misma, que nos conocemos y luego paso más tiempo muerto que vivo, y toca reiniciar el nivel cada vez que morimos) y entramos al meollo de la cuestión.

 

Doom

 

De entrada todo luce exactamente igual que su predecesor, y es que realmente el juego en sí es idéntico… o eso pensaba. El estilo gráfico, el mapa, la gran mayoría de enemigos y armas son reciclados, pero esto no me resulta algo negativo. Si algo funciona, ¿por qué no seguir explotándolo? Pero espera, resulta que ahora los mapas son más grandes, y la cantidad de enemigos aún mayor de entrada. La diversión está asegurada… al igual que la sangre. La jugabilidad se mantiene exactamente igual. Mismo sistema de apuntado, mismos movimientos y misma dinámica en general, con otra diferencia significativa, y es que ahora los niveles son continuos, por lo que la experiencia se hace más lineal. Un momento, ¿y qué es este enemigo? Resulta que, tras varias fases, encuentro demonios a los que no me había enfrentado anteriormente. Esto, junto a un nuevo objeto y un arma nueva, son todos los cambios que incluye en sí Doom II. Y resulta que, tal y como decía, es algo que funciona. Si el primero fue una revolución, ¿por qué no revolucionarlo aún más? Y acabó por ser considerado el mejor juego de su género en su época. En mi caso, y sin estar tan metido en la saga (por razones obvias) fue más de lo mismo, lo que para haberlos jugado de seguido me saturó un poco. Eso sí, la esencia inicial se mantuvo, por lo que la misma descripción y sensaciones del inicial se me mantienen en este.

 

Y aquí hago un pequeño parón para comentar algo que descubrí de casualidad básicamente, y es que ambos títulos cuentan con unos trucos que podemos activar y desactivar en cualquier momento, por lo que si la dificultad de los juegos «retro» te abruma incluso en el nivel de dificultad más bajo, o no dejas de morir en un determinado punto, siempre tienes la opción de convertirte en una especie de dios inmortal, cargarte de todas y cada una de las armas y armaduras, o entrar en modo Berserker y destrozarlos a todos con tus propios puños. Le quita parte de gracia, sí, pero es gracioso experimentar con todos ellos. Y ahora sí, entramos con el juego que, 10 años después, finalizaba la trilogía original… Doom 3.

 

 

Doom 3 – Vuelve la liada en Marte

Nuevo siglo. Han pasado varias generaciones de videojuegos. Compañías como Sega abandonan el mundo de las consolas tras el fracaso de Dreamcast, acompañado de la fuerte entrada de PlayStation 2 al mercado; otras compañías, como Microsoft, entran en el tablero lanzando su primera consola: Xbox. Los ordenadores cada vez son más potentes, y con ello los juegos que pueden soportar y desarrollar. Y así, en pleno 2004, llega la esperada tercera parte de Doom, la cual sale a la venta para PC y Xbox. Pero Doom 3 no sería una tercera parte tal cual, sino que, más bien, se trataba de un remake con cambios en su historia del original. Pero volvamos al hilo principal de este artículo, puesto que aquí hemos venido a hablar de sangre y cabezas de demonios reventadas con escopetas. Iniciamos Doom 3 en Nintendo Switch, y como ya ocurría anteriormente, una pantalla de Bethesda salvaje apareció. Ignoro e inicio Nueva Partida. El paso de los años ha merecido la pena, y los motivos que me llevaron a tenerle miedo de pequeño a este juego son justificados ahora. Pero no nos adelantemos. Aquí, en comparación a sus predecesores, sí tenemos una historia desde el principio, con unos diálogos y escenas que nos introducen a todo lo que está ocurriendo.

 

Doom 3

 

Soy un marine anónimo que llega, junto a otros soldados, por primera vez a Mars City, la principal zona de acceso a toda la base montada en el planeta rojo. La UAC (para la cual trabajamos) no anda en sus mejores momentos de ánimo en cuestión de camaradas y sucesos, por lo que llego para servir de apoyo y cubrir vacantes. Tras varias bienvenidas y un breve tutorial de controles, empiezo a escuchar que las investigaciones y varios «contratiempos» no van del todo bien, y que es posible que algo gordo esté por llegar… Y no voy mal desencaminado. Al poco de avanzar con los breves requerimientos iniciales, la base es atacada por unos seres desconocidos, y varios de nuestros compañeros comienzan a solicitar ayuda para sobrevivir, así que cogemos nuestra pistola y linterna y nos preparamos para la acción. Aquí comienza mi primera gran impresión, y es que gráficamente, como no podía ser de otra manera, es un mundo totalmente distinto a los originales. Pero es que, además, está perfectamente logrado para que, incluso 15 años después de su lanzamiento, pueda pasar sin ningún problema por un juego actual lanzado o adaptado a Nintendo Switch. 

 

Como viene siendo habitual, las luces comienzan a fallar, y la oscuridad se apodera del lugar (hermoso pareado que me ha quedado). Aquí descubro que ya no estoy frente a los juegos que anteriormente había jugado, sino en uno mucho más oscuro y tenso; mucho más adulto y maduro. En Doom y Doom II era pura acción frenética con, como mucho, algún que otro leve susto porque una compuerta se abría a mis espaldas y era atacado por los enemigos sin que me lo esperase. En Doom 3 la cosa es realmente más seria, sobre todo si decidimos jugarlo con auriculares. La aparición de enemigos es mucho más impactante, haciendo que dé algún que otro salto debido a la tensión que siento a cada giro. La poca luz, incluso con la linterna encendida, tampoco ayuda a que no me pillen desprevenido. Vuelvo a repetir. Ahora entiendo el por qué me daba miedo de pequeño al ver las imágenes en la revista de Xbox (y menos mal que en ese entonces no me dio por pedírselo a mis padres, los cuales tampoco me lo hubiesen comprado, dicho sea).

 

Doom 3
Nuestro personaje mirándose frente a un espejo sin asimilar la que se le viene encima

 

Según voy avanzando, voy reconociendo más y más enemigos, ahora mucho más moldeados y con apariencia más aterradora que nunca. Eso sí, sus habilidades siguen siendo las mismas, solo que ahora se mueven más rápido, saltan hacia ti o te embisten de verdad. Como decía, ahora sí tengo objetivos marcados, y ya no se basa todo en encontrar la puerta de salida y las llaves necesarias para abrirlas. Ahora debemos encontrar a nuestro pelotón y escapar, porque escondite tampoco hay. Como ahora ya soy un adulto (o eso dice mi DNI), los juegos de tensión, terror y que me mantienen en vilo se han convertido en un género que disfruto (si es que a dar un salto, suspirar o incluso soltar un pequeño grito se le puede llamar disfrutar), por lo que Doom 3 me gusta incluso más que los originales.

 

Se nota que id Software se tomó su tiempo de forma totalmente justificada para sacar un título de este calibre y mantener los estándares que se esperaban de él, siendo, de nuevo, una revolución gráfica y jugable de su época. Ejemplo de ello es que, a pesar de su edad y sin haberlo jugado jamás, me haya conseguido enganchar soberanamente. Los efectos sonoros también son una pieza importante de ese ecosistema de tensión, puesto que aquí ya no estoy acompañado por música cañera más allá de la pantalla de inicio, sino que escucho ruidos por todas partes, haciendo que me mantenga alerta en todo momento y a cada giro que doy para intentar evitar que algún demonio me coja desprevenido y tengamos un disgusto.

 

Doom 3
Creo que prefiero su versión pixelada…

 

Conclusiones finales a una experiencia infernal

La saga Doom ha vuelto (y no, no en forma de chapa, sino de videojuego), y Nintendo Switch se ha convertido en una consola capaz de hacerme disfrutar de estos títulos por primera vez, con unas sensaciones sorprendentemente positivas. ¿Por qué sorprendentes? Porque, por norma general, soy un jugador que no tiendo a jugar a títulos excesivamente antiguos, ya sea porque los inicio y no acaban por engancharme a estas alturas de mi vida o porque tengo tal cantidad de juegos pendientes que priorizo éstos por encima de los clásicos. Pero Doom ha conseguido que, a pesar de su tiempo y de no haberlos jugado anteriormente, me vaya con la enmienda cumplida de haber conocido y disfrutado, 26 años después, el fenómeno Doom, así como el conocimiento y la justificación más que sobrada al por qué alcanzó las cotas de éxito que posee aún hoy en día.

 

Si eres un nostálgico de la saga, probablemente en este texto no te descubra nada nuevo, más allá de disfrutar (espero) de una experiencia personal de manos de un novato en ella; si eres, por el contrario, un jugador como yo que no jugó en su día a Doom, os animo a probarlos sin lugar a dudas, aprovechando además la ventaja de Nintendo Switch para poder explorarlos en cualquier parte. Yo, por mi parte, doy por cumplida mi misión, así que ahora me retiro a cuidar cachorrit… digooo, a seguir reventando cabezas de demonios en Doom.

 

Este artículo con toques de análisis ha sido posible gracias a una copia digital de Doom, Doom II y Doom 3 para Nintendo Switch cedida por Bethesda.

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